Norte y sur

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Ella se paró junto a la mesa y no le pidió que se sentara. Tenía los párpados entornados y sus labios entreabiertos dejaban ver la línea blanca de sus dientes cerrados, pero no apretados. El leve movimiento de la fina y bella nariz al respirar era el único movimiento apreciable en su rostro. La piel delicada, la mejilla ovalada, el precioso contorno de los labios, sus comisuras con hoyuelos profundos: todo era pálido y lívido aquel día; la pérdida del saludable color natural resaltaba más por la tupida sombra del cabello oscuro que le caía sobre las sienes para ocultar todo rastro del golpe que había recibido. Echaba levemente hacia atrás la cabeza con su antiguo porte altivo, a pesar de la mirada baja. Y tenía los brazos caídos a los lados. En conjunto, parecía una prisionera falsamente acusada de un delito que aborrecía y despreciaba y que la indignaba demasiado para justificarse.

El señor Thornton dio dos pasos apresurados hacia ella; se contuvo y se acercó con tranquila resolución a la puerta (que ella había dejado abierta) y la cerró. Volvió luego y se detuvo frente a ella un momento, captando la impresión general de su hermosa presencia, antes de atreverse a perturbarla, tal vez ahuyentarla, con lo que tenía que decir.

—Señorita Hale, ayer fui muy ingrato.


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