Norte y sur
Norte y sur —No tenÃa nada que agradecer —dijo ella, alzando la vista y mirándole directamente a la cara—. Supongo que se refiere a que cree que tiene que agradecerme lo que hice. —A pesar de sà misma, a despecho de la cólera que sentÃa, un intenso rubor le cubrió toda la cara, inflamándole incluso los ojos, aunque no alteró su mirada fija y grave—. Fue sólo un instinto natural; cualquier mujer hubiera hecho lo mismo. Todas consideramos la santidad de nuestro sexo un gran privilegio cuando vemos peligro. Más bien deberÃa pedirle disculpas yo —añadió apresuradamente— por haberle dicho palabras irreflexivas que le hicieron ponerse en peligro.
—No fueron sus palabras; fue la verdad que expresaban, aunque formulada con acritud. Pero no me disuadirá con eso para rehuir la expresión de mi más profundo agradecimiento, de mi… —Estaba al borde ahora; no hablarÃa dejándose llevar por su pasión ardiente; sopesarÃa cada palabra. Lo harÃa; y su voluntad venció. Se interrumpió a media carrera.
—No intento rehuir nada —dijo ella—. Sólo digo que no me debe gratitud; y añadirÃa que cualquier manifestación de la misma me molestarÃa porque creo que no la merezco. De todos modos, si hacerlo le exime de una obligación, aunque sea imaginarÃa, hable.