Norte y sur

Norte y sur

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La fuerte imagen de él vagaba por su pensamiento.

Lo aborrecía más todavía por haberse adueñado de su voluntad. ¿Cómo se atrevía a decir que la amaría aunque ella lo rechazara con desprecio? Ojalá le hubiera hablado con más… dureza. Se le agolparon en la mente palabras más rotundas y mordaces ahora que ya era demasiado tarde para pronunciarlas. La profunda impresión que le había causado la entrevista era como el horror de un sueño; que no se va de la habitación aunque despertemos y nos frotemos los ojos y forcemos una sonrisa rígida. Que sigue allí en algún rincón, encogido y farfulllante, con mirada fija fantasmal, atento, para comprobar si nos atrevemos a hablar de su presencia a alguien. ¡Y somos tan cobardes que no nos atrevemos!

Y así retrocedió estremecida de la amenaza de amor perdurable de él. ¿Qué quería decir? ¿No tenía ella fuerza de disuadirle? Ya vería. Amenazarla de aquel modo era gran atrevimiento, impropio de un hombre. ¿Se basaría en el desdichado día anterior? Haría lo mismo mañana, si fuese necesario, lo haría por un mendigo tullido, voluntariamente y de buen grado; incluso por él, lo haría por él con el mismo valor, a pesar de sus conclusiones y del infame comentario de aquella mujer impertinente. Lo haría porque era justo, y simple y verdadero salvar donde pudiera salvar; incluso tratar de salvar. Fais ce que dois, advienne que pourra[40].


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