Norte y sur
Norte y sur No se había movido de donde la había dejado; ninguna circunstancia externa la había sacado del trance discursivo en que la habían sumido las últimas palabras de él y la expresión de su mirada profundamente apasionada cuando sus llamas le habían hecho bajar la suya. Se acercó a la ventana y la abrió para disipar la agobiante opresión. Luego fue a abrir la puerta también, con un afán impetuoso de borrar el recuerdo de la última hora, en compañía de otros o mediante el ejercicio. Reinaba en la casa un profundo silencio: esa quietud del mediodía en que el enfermo consigue el sueño no reparador que se le niega a las horas nocturnas. Margaret no quería estar sola. ¿Qué debía hacer? «Ir a ver a Bessy Higgins», pensó, al recordar el mensaje que le había enviado la noche anterior. Y así lo hizo.
Cuando llegó, encontró a Bessy echada en el escaño junto al fuego, aunque hacía un día sofocante y bochornoso. Estaba completamente inerte, con esa languidez que sigue a un paroxismo de dolor. Margaret pensó que respiraría mejor un poco incorporada; y, sin mediar palabra, la alzó y colocó los almohadones para que estuviera más cómoda, pese a su languidez.
—Creía que no volvería a verla —dijo al fin Bessy, mirándola anhelante.
—Me temo que estás mucho peor. Pero ayer no pude venir, mi madre estaba tan enferma, por muchas razones —dijo Margaret, sonrojándose.