Norte y sur
Norte y sur Cuando el señor Thornton salió de la casa aquella mañana estaba casi ciego de cólera desconcertada. Se sentía tan mareado como si Margaret, en vez de mostrarse, hablar y actuar como una joven tierna y delicada, hubiera sido una verdulera robusta y le hubiera dado unos buenos puñetazos. Sentía verdadero dolor físico: un fuerte dolor de cabeza y palpitaciones intermitentes. No soportaba el ruido, la intensa luz y el movimiento y el estruendo continuos de la calle. Se llamó estúpido por sufrir de aquel modo. Y sin embargo, de momento no podía recordar la causa de su sufrimiento ni determinar si correspondía a sus efectos. Hubiese sido un alivio sentarse en el escalón de una puerta y llorar con un niño pequeño que vociferaba a lágrima viva indignado por algo que le habían hecho. Se dijo que odiaba a Margaret, pero una intensa sensación de amor desbordante surcó su lúgubre embotamiento como un rayo incluso mientras formulaba las palabras que expresaban odio. Su mayor consuelo consistía en abrazar su tormento; y en sentir, como le había dicho a ella, que no cambiaría un ápice aunque lo despreciara, lo desdeñara y lo tratara con su soberana y altiva indiferencia. No podía hacerle cambian La amaba, y seguiría amándola a pesar de ella y de aquel insidioso dolor físico.