Norte y sur

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Se paró un momento a tomar esta resolución con firmeza y claridad. Pasaba un ómnibus que iba al campo. El conductor creyó que quería subir y paró junto a la acera. Era demasiado complicado disculparse y explicarse, así que subió y se alejó de allí. Pasaron largas hileras de casas, luego villas independientes con jardines muy bien cuidados y llegaron a los verdaderos setos del campo y, luego, a un pueblecito. Bajaron todos los viajeros, y el señor Thornton hizo lo mismo; y cuando se alejaron caminando, los siguió. Se adentró a paso ligero en los campos, porque el ejercicio le despejaba la mente. Ahora podía recordarlo todo: el lastimoso papel que había representado; el ridículo que tantas veces se había dicho que era lo más estúpido del mundo; y las consecuencias habían sido exactamente las que había vaticinado siempre con sensatez si alguna vez se ponía en ridículo de aquel modo. Estaba embrujado por aquellos bellos ojos, aquella boca suave entreabierta y susurrante que se había posado tan cerca, en su hombro, todavía ayer. Ni siquiera podía librarse del recuerdo de que ella había estado allí, que le había rodeado con los brazos una vez, aunque no volvería a hacerlo. Sólo captaba vislumbres de ella. No la entendía en general. Tan pronto era muy valiente como muy tímida; tan pronto muy tierna como altiva y orgullosa. Decidió repasar detenidamente todas las veces que la había visto para olvidarla luego de una vez. La vio con diferentes atuendos y en distintos estados de ánimo y no supo cuál le sentaba mejor. Incluso aquella mañana, ¡qué espléndida estaba fulminándolo con la mirada ante la idea de que como había compartido ayer su peligro le interesara lo más mínimo!


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