Norte y sur
Norte y sur La señora Thornton había pasado todo el día sentada en el comedor, esperando de un momento a otro la noticia de que la señorita Hale había aceptado a su hijo. Se había preparado una y otra vez al oír un ruido súbito en la casa volviendo a la labor medio abandonada y dándole a la aguja con diligencia, aunque con las gafas empañadas y mano temblorosa; y habían abierto la puerta una y otra vez y había entrado alguien indiferente con algún recado insignificante. Entonces su rostro rígido relajaba la expresión gélida y triste y sus rasgos adoptaban un gesto de abatimiento bastante insólito en su severidad. Procuró no pensar en los cambios fastidiosos que supondría para ella el matrimonio de su hijo, obligándose a concentrarse en las rutinas domésticas. Los futuros recién casados necesitarían ropa blanca nueva, y la señora Thornton había mandado sacar cestos y cestos llenos de mantelerías y había empezado a calcular la provisión. Había cierta confusión entre lo que era de ella y llevaba las iniciales G. H. T. (por George y Hannah Thornton) y lo que era de su hijo (comprado con su dinero y marcado con sus iniciales). Algunos de los juegos marcados con las iniciales G. H. T. eran de finísimo damasco holandés antiguo; ya no los había iguales. La señora Thornton se quedó mirándolos mucho tiempo: habían sido su orgullo cuando se casó. Luego frunció el entrecejo, apretó con fuerza los labios y deshizo con mucho cuidado la G y la H. Llegó incluso a buscar el carrete de hilo de marcar para poner las iniciales nuevas, pero estaba gastado y no tuvo ánimo para mandar a por más precisamente entonces. Así que se quedó mirando fijamente el vacío; pasaron ante ella una serie de visiones, de todas las cuales su hijo era el principal y único objeto: su hijo, su orgullo, su propiedad. No acababa de llegar. Sin duda estaba con la señorita Hale. El nuevo amor ya había empezado a desplazarla del primer lugar que ocupaba en su corazón. Sintió un dolor profundo (una punzada de celos vanos): no sabía si era físico o mental. Pero la obligó a sentarse. Al momento estaba otra vez de pie, tan erguida como siempre, con una sonrisa porfiada, preparada para que se abriera la puerta y apareciera el jubiloso triunfador que nunca sabría el enorme pesar que sentía su madre por aquel matrimonio. En todo esto, apenas figuraba la futura nuera como persona. Tenía que ser la esposa de John. Ocupar el lugar de la señora Thornton como señora de la casa sólo era una de las muchas consecuencias que adornaban la gloria suprema. Toda la abundancia y la comodidad de la casa, toda la púrpura y el hilo fino, honra, amor, obediencia, tropeles de amigos, todo resultaría tan natural como las piedras preciosas en el manto de un rey y se consideraría igualmente poco por su valor separado. Ser elegida por John separaría a una sirvienta del resto del mundo. Y la señorita Hale no estaba tan mal. Si hubiera sido una joven de Milton a la señora Thornton le habría encantado. Era mordaz, y tenía gusto, y ánimo, y gracia. Claro que estaba llena de prejuicios y era muy ignorante, pero eso era algo que cabía esperar de su educación sureña. Cruzó su mente una extraña y penosa comparación de Fanny con ella y, por una vez, habló con dureza a su hija. La puso de vuelta y media. Y luego, a modo de penitencia, abrió los Comentarios de Henry e intentó concentrarse en el libro, en lugar de continuar con la tarea que la enorgullecía y complacía y seguir con la inspección de la ropa de mesa.