Norte y sur

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—¡No! —dijo el señor Thornton—. Deme el cesto, lo llevaré yo.

Tuvo que sujetarlo con las dos manos; y tuvo que cruzar la parte más concurrida de la ciudad, donde las mujeres hacían la compra. Muchas jóvenes conocidas se volvieron a mirarlo y se extrañaron al verlo ocupado en menesteres propios de un mozo o recadero.

Él pensaba: «No voy a permitir que pensar en ella me impida hacer lo que quiero. Me agrada llevar esta fruta a la pobre madre y es muy correcto que lo haga. Su desdén no va a impedirme hacer lo que me plazca. ¡Estaría bueno que por miedo a una joven arrogante dejara de hacer un favor a un hombre a quien aprecio! Lo hago por el señor Hale; lo hago a despecho de ella».

Caminó a paso ligero y llegó en seguida a Crampton. Subió las escaleras de dos en dos y entró en la sala sin dar a Dixon tiempo de anunciarle. Tenía la cara colorada y los ojos brillantes de ferviente amabilidad. La señora Hale estaba echada en el sofá, acalorada por la fiebre. El señor Hale leía en voz alta. Margaret bordaba, sentada en un taburete bajo junto a su madre. Le palpitó con fuerza el corazón al verlo, aunque a él no. Él no le prestó ninguna atención a ella, y muy poca al señor Hale. Se acercó directamente a la señora Hale con el cesto y dijo, en ese tono suave y amable que resulta tan conmovedor cuando lo emplea un hombre fuerte y saludable para hablar con una enferma débil:


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