Norte y sur

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Él movió la cabeza y la miró de soslayo. Su rostro pálido y demacrado impresionó dolorosamente a Margaret.

—Está usted muy cansado. ¿Dónde ha pasado todo el día? En el trabajo no, ¿verdad?

—En el trabajo no, por supuesto —dijo él con una risilla lúgubre—. No en lo que usted llama trabajo. Estuve en el comité hasta que me harté de intentar que esos estúpidos entraran en razón. La mujer de Boucher me sacó de la cama esta mañana antes de las siete. Está muy enferma, pero se moría por saber dónde estaba ese zopenco de hombre que tiene, como si yo fuera su guardián, como si él se dejara guiar por mí. ¡El maldito imbécil, que ha desbaratado todos nuestros planes! Y me he despellejado los pies buscando a los tipos que no se dejan ver ahora que la ley está contra nosotros. Y tenía destrozado el corazón, además, que es peor que el dolor de pies. Y aunque vi a un amigo que se atrevió a hablar conmigo, no me enteré de que ella estaba muriéndose aquí. Bess, hija, tú me crees, ¿verdad que me crees? —preguntó, volviéndose desesperado a la pobre figura muda.

—Estoy segura —dijo Margaret—. Estoy segura de que no lo sabía, fue muy repentino. Pero ahora en realidad sería diferente; ahora sí lo sabe; la está viendo; y sabe lo que dijo con su último aliento. No se marchará, ¿verdad?


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