Norte y sur

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Le habló en tono muy bajo y solemne; pero sin indicios de que le diera miedo o dudara de su obediencia. Nicholas se levantó despacio. Se quedó de pie vacilante, con gesto obstinado. Ella esperó; esperó paciente y silenciosamente que se moviera. Él sentía un extraño placer haciéndola esperar; pero al final se encaminó hacia la escalera. Ambos se acercaron a la difunta.

—Sus últimas palabras fueron: «Procura que padre no beba».

—Eso ya no puede hacerle daño. Ya no puede hacerle daño nada —rezongó él. Y añadió, alzando la voz en un fuerte lamento—: Podemos pelear y reñir, podemos hacer las paces y ser amigos, podemos quedarnos en los puros huesos y ninguna de nuestras penas volverá a afectarla. Ella pasó lo suyo. Primero con el duro trabajo y luego con la enfermedad, llevó una vida de perro. ¡Y para morir sin haber conocido una sola alegría en todos sus días! Quiá, muchacha, dijera lo que dijera ya no podrá enterarse, y tengo que echar un trago para aguantar la pena.

—No —dijo Margaret, ablandándose con la actitud más suave de él—. No es cierto. Si su vida fue como usted dice, al menos no temía tanto la muerte como algunos. Debería haberla oído hablar de la vida futura, la vida oculta con Dios, que es donde está ahora.


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