Norte y sur

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—¡Ésta es mi casa! Quítese de en medio, muchacha, o la obligaré yo a hacerlo. —Se había zafado de Mary por la fuerza; parecía dispuesto a golpear a Margaret. Pero ella no se inmutó, no apartó su mirada seria y profunda de él ni un momento. Él la miraba a su vez con lúgubre ferocidad. Si ella hubiera vacilado lo más mínimo, él la habría quitado de en medio incluso con mayor violencia que la que había empleado con su hija, que se había golpeado la cara con una silla al caer y estaba sangrando.

—¿Por qué me mira de ese modo? —preguntó al fin, turbado e intimidado por la serenidad de ella—. Está muy equivocada si cree que va a impedir que vaya a donde me dé la gana porque ella la estimaba, y además, en mi propia casa, a la que nunca le he pedido que viniera. Es muy duro que un hombre no pueda recurrir al único consuelo que le queda.

Margaret se dio cuenta de que reconocía su fuerza. ¿Qué podía hacer a continuación? Nicholas se había sentado en una silla, cerca de la puerta; medio vencido y medio ofendido; se proponía salir en cuanto ella se quitara de en medio; pero ya no estaba dispuesto a emplear la violencia como había dicho unos minutos antes. Margaret le posó la mano en el brazo.

—¡Venga conmigo! —le dijo—. ¡Vamos a verla!


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