Norte y sur
Norte y sur Nicholas no apartó de ella aquella mirada escrutadora; al fin pareció desvanecerse de sus ojos y entonces le soltó el brazo de pronto y se echó sobre la mesa, haciéndola temblar y haciendo temblar todos los muebles de la habitación con sus violentos sollozos. Mary se acercó a él muy asustada.
—¡Largo, fuera! —gritó él, golpeándola con furia ciega—. ¡Déjame en paz! —Margaret tomó la mano de Mary y la retuvo suavemente entre las suyas. Él se tiró del pelo, se dio cabezazos contra la dura madera y luego se calmó, agotado y confuso. Su hija y Margaret permanecían inmóviles. Mary temblaba de pies a cabeza.
Nicholas se incorporó al fin (al cabo de un cuarto de hora, tal vez, o al cabo de una hora). Tenía los ojos hinchados y enrojecidos y parecía que había olvidado que no estaba solo. Las miró ceñudo al verlas. Se agitó violentamente, les lanzó otra mirada torva y se encaminó hacia la puerta en silencio.
—¡Oh, padre, padre! —exclamó Mary, intentando sujetarle—. ¡Esta noche no! ¡Oh, ayúdeme! ¡Se va a beber otra vez! ¡No le dejaré, padre! Pégueme si quiere, pero no le dejaré. ¡Lo último que me dijo ella fue que no le dejara beber!
Pero Margaret estaba en la entrada, callada pero imperiosa. El la miró desafiante.