Norte y sur

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Mary se sentó en la primera silla que encontró y se echó a llorar, cubriéndose la cabeza con el delantal. El sonido hizo reaccionar a su padre, que agarró a Margaret del brazo hasta que consiguió ordenar las palabras para hablar. Parecía que tenía la garganta seca; preguntó con voz ronca, pastosa y entrecortada:

—¿Estaba con ella? ¿La vio usted morir?

—¡No! —respondió Margaret, sin moverse, con suma paciencia al ver que había advertido su presencia. Él guardó silencio un rato, sin soltarle el brazo.

—Todos tenemos que morir —dijo al fin, con extraña gravedad, que primero hizo pensar a Margaret que había bebido, no tanto como para embriagarse pero sí lo suficiente para obnubilarse—. Pero ella era más joven que yo.

Nicholas siguió cavilando sobre el suceso sin mirar a Margaret pero sujetándola con fuerza. De pronto alzó la vista hacia ella y le preguntó con una mirada escrutadora y demencial:

—¿Está segura de que ha muerto, que no es un desmayo, un mareo? Ya le ha pasado muchas veces.

—Ha muerto —contestó Margaret. No le daba miedo hablar con él, aunque le apretaba tanto el brazo que le hacía daño y pese al furor desquiciado que brillaba en sus ojos beodos.

»¡Ha muerto! —repitió.


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