Norte y sur
Norte y sur Todos los hermosos textos sagrados acudieron a su mente. «Descansen de sus trabajos». «Dad reposo al fatigado». «Pues Él colma a su amado mientras duerme[46]». Margaret se volvió y se apartó de la cama muy despacio. Mary sollozaba quedamente al fondo. Bajaron las escaleras en silencio.
Nicholas Higgins estaba en el centro de la habitación con las manos apoyadas en la mesa; tenía los grandes ojos desorbitados por la noticia que le habían dado muchas lenguas entrometidas cuando iba al juzgado. Consideraba con ojos secos y mirada feroz el hecho de la muerte de su hija; intentaba hacerse a la idea de que no volverían a verla. Había estado tanto tiempo enferma, agonizando, que él había llegado a convencerse de que no se moriría, de que «saldría adelante».
Margaret pensó que no tenía derecho a estar allí, tan familiarizada con el entorno de la muerte que él, el padre, acababa de conocer. Había habido un instante de pausa en la empinada escalera cuando lo vio por primera vez; pero ahora intentó esquivar su mirada absorta y dejarle en el solemne círculo de su desgracia familiar.