Norte y sur

Norte y sur

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Margaret se quedó con su padre en la habitación de la difunta. Hubiese sido un alivio verle llorar. Pero siguió junto a la cama muy tranquilo. De vez en cuando, le descubría la cara y la acariciaba con ternura, produciendo un leve sonido inarticulado, como el de una hembra cuando acaricia a su cachorro. No prestaba la menor atención a la presencia de Margaret. Ella se acercó a besarle un par de veces. Él lo aceptó y luego la empujó levemente, como si su afecto lo distrajera de su concentración en la difunta. Se sobresaltó al oír los sollozos de Frederick y movió la cabeza, susurrando: «¡Pobre muchacho, pobre muchacho!», pero siguió como antes, sin prestar más atención. Margaret sentía una profunda congoja. Pensar en la pérdida de su padre le impedía pensar en la propia. La noche tocaba a su fin y se acercaba ya el día, cuando la voz de Margaret quebró el silencio de la estancia sin previo aviso con un sonido tan nítido que se sorprendió incluso ella:

—No se turbe vuestro corazón dijo, y siguió hasta terminar todo el capítulo de consuelo inefable[54].





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