Norte y sur
Norte y sur —¿Asà que Leonards ha estado bebiendo de nuevo? —dijo uno, que parecÃa el jefe—. Me parece que esta vez va a necesitar todas las influencias de las que tanto se jacta para conservar el empleo.
—¿Dónde se ha metido? —preguntó otro, mientras Margaret, que estaba de espaldas a ellos, contaba el cambio con dedos temblorosos, sin atreverse a dar la vuelta hasta que oyera la respuesta a esa pregunta.
—No sé. Hace menos de cinco minutos vino con un cuento larguÃsimo sobre que se habÃa caÃdo, y maldiciendo como un loco. QuerÃa que le prestara dinero para tomar el próximo tren a Londres. Me hizo toda clase de promesas beodas, pero yo tenÃa cosas más importantes que hacer para perder el tiempo escuchándole; le mandé ocuparse de sus asuntos. Salió por la puerta principal.
—Habrá ido a la taberna más próxima, estoy seguro —dijo el que habÃa hablado primero—. Que es donde habrÃa ido a parar también tu dinero si hubieras sido tan estúpido como para prestárselo.
—¡A mà con ésas! SabÃa muy bien cuál era su Londres. TodavÃa estoy esperando los cinco chelines… —y siguieron asÃ.