Norte y sur
Norte y sur Toda la angustia de Margaret se concentró entonces en que llegara el tren. Volvió a ocultarse en la sala de espera de señoras e imaginaba que todos los sonidos que oÃa eran los pasos de Leonards y todas las voces fuertes y estrepitosas, la suya. Pero nadie se acercó a ella hasta que llegó el tren. Un maletero la ayudó amablemente a subir. No se atrevió a mirarle a la cara hasta que el tren arrancó, y entonces comprobó que no era Leonards.