Norte y sur

Norte y sur

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

El primer síntoma de que estaba volviendo en sí fue un temblor de labios, un leve y silencioso intento de hablar. Pero siguió con los ojos cerrados y el temblor cesó. Margaret se apoyó luego débilmente en los brazos un instante para sostenerse, se irguió y se levantó. Se le había caído la peineta del pelo y un deseo instintivo de borrar los rastros de debilidad y recomponerse la impulsó a buscarla, aunque tenía que sentarse cada poco durante la búsqueda para recuperar las fuerzas. Trató de determinar la intensidad de su tentación, con la cabeza inclinada y una mano sobre la otra, esforzándose en vano por recordar lo que había desembocado en aquel miedo mortal. Sólo comprendía dos hechos: que Frederick corría peligro de que le persiguieran y le descubrieran en Londres no sólo como culpable de homicidio involuntario, sino como autor del delito más infame de jefe del motín; y que ella había mentido para salvarle. Había un consuelo: su mentira lo había salvado aunque sólo fuese ganando un poco más de tiempo. Si el inspector volvía al día siguiente después de que ella hubiera recibido la carta que tanto anhelaba para asegurarse de que su hermano estaba a salvo, afrontaría la vergüenza y aceptaría el amargo castigo, ella, la altiva Margaret, reconociendo en la sala del juicio llena de gente si era necesario, que había sido como «un perro y lo había hecho[61]»; pero si llegaba antes de que tuviera noticias de Frederick; si volvía al cabo de unas horas, tal como había amenazado con hacer, entonces ella volvería a mentir; aunque no sabía cómo podría hacerlo sin delatar su falsedad después de aquella espantosa pausa de reflexión y arrepentimiento. Pero la repetición de la mentira ganaría tiempo, tiempo para Frederick.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker