Norte y sur
Norte y sur Y durante todo ese tiempo, Margaret permaneció tan inmóvil y blanca como la muerte en el suelo del estudio. Se había hundido bajo la carga. Una carga pesada que había llevado durante tanto tiempo con paciencia y mansedumbre hasta que le falló la fe de pronto y había buscado ayuda a tientas en vano. Se advertía una dolorosa contracción en sus hermosas cejas, pero ninguna otra señal de conocimiento. Tenía los labios —poco antes fruncidos desdeñosamente en un gesto desafiante— relajados y lívidos.
E par che de la sua labbia si mova
Uno spirito soave pien d’amore.
Che va dicendo a l’anima: sospira[60]!