Norte y sur
Norte y sur Era curioso que la presencia del señor Thornton tuviera la virtud de hacer que el señor Hale desvelara los pensamientos secretos que ocultaba incluso a Margaret. Ya fuese que la comprensión de ella era tan cabal y se manifestaba de manera tan viva que él temía la propia reacción, o fuese que en aquel momento surgían en su mente especulativa toda clase de dudas, que rogaban y exigían su resolución en certidumbres, y que él sabía que a ella le horrorizarían algunas de aquellas dudas, mejor dicho, él mismo por ser capaz de concebirlas, fuera cual fuese la razón, en fin, lo cierto es que podía desahogarse mejor con el señor Thornton que con ella de todos los pensamientos, fantasías y temores congelados hasta entonces en su mente. El señor Thornton apenas hablaba, pero cada frase que pronunciaba aumentaba la confianza y el respeto que el señor Hale sentía por él. Si éste hacía una pausa mientras describía algún tormento que recordaba, el señor Thornton completaba la frase y demostraba lo profundamente que comprendía su significado. Si una duda, un miedo, una vaga incertidumbre buscaba reposo sin hallarlo, tan cegados por el llanto estaban sus ojos, el señor Thornton no se sorprendía sino que parecía haber pasado por el mismo estadio de pensamiento y podía indicar dónde hallar el rayo de luz preciso que iluminara los puntos oscuros. Aunque era un hombre de acción, ocupado en la gran batalla del mundo, poseía una religiosidad que le hacía obedecer a Dios en todos sus errores, pese a su fuerte obstinación, más profunda de lo que el señor Hale hubiese soñado jamás. Nunca volvieron a hablar de tales cosas; pero aquella única conversación los hizo muy especiales el uno para el otro; los unió como no podría haberlos unido ninguna charla sobre asuntos sagrados. Cuando todo se admite, ¿cómo puede haber un sanctasanctórum?