Norte y sur
Norte y sur —Sí, madre. Creo que es su amigo.
Una vez dicho esto, se volvió de nuevo; se retorció como si le doliera algo. Apoyó la cara en la mano. Luego, sin darle tiempo a ella a hablar, se volvió de pronto:
—Madre. Es su amigo, sea quien sea. Pero tal vez necesite ayuda y consejo femeninos. Puede haber problemas y tentaciones que nosotros desconocemos. Y no quiero saber cuáles son. Pero como tú siempre has sido una madre buena, sí, y cariñosa conmigo, ve a verla, gana su confianza y dile lo que debe hacer. Sé que pasa algo, algo espantoso, que tiene que ser un terrible tormento para ella.
—¡Por amor de Dios, John! —dijo su madre, verdaderamente asustada ahora—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que sabes?
El no contestó.
—¡John! No sé qué pensar si no te explicas. ¡No tienes ningún derecho a decir lo que has dicho contra ella!
—¡Contra ella no, madre! ¡No podría hablar contra ella!
—Muy bien. No tienes ningún derecho a decir lo que has dicho si no te explicas. Esos comentarios a medias son los que arruinan la reputación de una mujer.