Norte y sur

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—No lo tolerará dijo él con vehemencia.

—Tendrá que hacerlo si le hablo en nombre de su difunta madre.

—¡Muy bien! —dijo él, marchándose de pronto—. No quiero saber nada más. No soporto pensar en ello. En cualquier caso, será mejor que hables con ella a que no le digan nada. —Y cuando se encerró en su habitación masculló—: ¡Oh, aquella mirada de amor! Y esa maldita mentira, que demuestra una vergüenza terrible al fondo que había que impedir que saliera a la luz en la que yo creía que vivía ella siempre. ¡Ay, Margaret, Margaret! ¡Madre, cómo me has torturado! ¡Ay, Margaret! ¿No podrías haberme amado? Soy zafio e insensible, pero nunca te habría hecho mentir por mí.

Cuanto más pensaba la señora Thornton en lo que había dicho su hijo suplicando un juicio compasivo de la indiscreción de Margaret, más resentimiento sentía contra ella. Disfrutaba ferozmente con la idea de «decirle lo que pensaba» so pretexto de cumplir con su deber. Disfrutaba con la idea de mostrarse indiferente al «encanto» que sabía que Margaret tenía el poder de proyectar sobre muchas personas. Bufó al pensar en la belleza de su víctima. Su cabello negro azabache, su cutis claro y terso, sus ojos luminosos no le ahorrarían una sola palabra del justo y severo reproche que la señora Thornton preparó mentalmente durante media noche.

—¿Está en casa la señorita Hale?


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