Norte y sur
Norte y sur La recibió con tanta delicadeza y cortesía que la hizo sentirse un poco intimidada y le impidió pronunciar el discurso tan bien preparado cuando no había nadie a quien dirigirlo. La voz grave y sonora de Margaret era más suave de lo habitual; y su actitud más gentil, pues sentía un profundo agradecimiento hacia la señora Thornton por la delicadeza de su visita. Se esforzó por encontrar temas de conversación interesantes. Alabó a Martha, la sirvienta que les había buscado la señora Thornton. Le dijo que había pedido a Edith un aire griego del que le había hablado a la señorita Thornton. La señora Thornton estaba realmente desconcertada. Su acero damasceno parecía fuera de lugar e inútil entre pétalos de rosa. Guardó silencio, procurando obligarse a cumplir su cometido. Al final, se incitó a hacerlo permitiendo que cruzara su mente la sospecha de que, pese a toda probabilidad, aquella dulzura era fingida con el propósito de ganarse la voluntad del señor Thornton; que, de alguna manera, el otro compromiso había fracasado y la señorita Hale se proponía ahora recuperar al pretendiente rechazado. ¡Pobre Margaret! Tal vez hubiera tanta verdad en la sospecha como ésta: que la señora Thornton era la madre de alguien cuya consideración apreciaba y temía haber perdido; y que esa idea aumentó inconscientemente su natural deseo de complacer a alguien que le demostraba su amabilidad visitándola. La señora Thornton se levantó para marcharse, aunque parecía que tenía algo más que decir. Carraspeó y empezó: