Norte y sur
Norte y sur —Gracias —dijo la señora Thornton, irguiéndose—. No sabÃa que se pusiera en duda mi intención. No volveré a inmiscuirme. Me costó aceptar que lo harÃa cuando su madre me lo pidió. No aprobaba el cariño de mi hijo por usted cuando sólo lo sospechaba. No me parecÃa usted digna de él. Pero cuando usted se puso en evidencia como lo hizo el dÃa del tumulto, exponiéndose a los comentarios de sirvientes y trabajadores, creà que ya no tenÃa derecho a oponerme al deseo de mi hijo de proponerle matrimonio. Un deseo que, por cierto, habÃa negado siempre hasta aquel dÃa. —Margaret se estremeció y respiró con un prolongado sonido silbante, que, sin embargo, la señora Thornton no advirtió—. Y lo hizo, pero al parecer usted habÃa cambiado de idea. Ayer le dije a mi hijo que creÃa posible, aunque habÃa pasado poco tiempo, que hubiera oÃdo o sabido usted algo de ese otro pretendiente…
—¿Qué opinión tiene de mÃ, señora? —preguntó Margaret, echando la cabeza hacia atrás con orgulloso desdén y arqueando el cuello como un cisne—. No diga nada más, señora Thornton. Declino todo intento de justificarme por nada. Le ruego que me permita salir de la habitación.