Norte y sur
Norte y sur «También él debe de haber tomado al pobre Frederick por mi amante. —Enrojeció cuando la palabra le pasó por la mente—. Ahora lo comprendo. No es sólo que sepa que mentÃ, sino que además cree que me quiere otro; y que yo, ¡Dios mÃo, Dios mÃo! ¿Qué voy a hacer? ¿Qué quiero decir? ¿Por qué me importa lo que piense él, aparte de haber perdido la buena opinión que tenÃa de mà por haber mentido o dejado de mentir? No lo sé. ¡Pero no lo soporto! ¡Ay! ¡Qué triste ha sido este último año! He pasado de la infancia a la vejez. No he tenido juventud ni madurez; puedo olvidar las esperanzas de la mujer adulta, porque no me casaré; y mis cuidados y pesares son los de una anciana, y también mi ánimo timorato. Estoy cansada de esta continua necesidad de fortaleza. PodÃa soportarlo por papá, porque es un deber piadoso natural. Y creo que pude resistir, en todo caso, tuve energÃa para tomar a mal las sospechas injustas e impertinentes de la señora Thornton. Pero no soporto pensar lo absolutamente equivocado que sin duda está él en cuanto a mÃ. ¿Qué ha ocurrido para que me sienta tan morbosa hoy? No lo sé. Sólo sé que no puedo evitarlo. Tengo que dejarme llevar a veces. No, no lo haré —dijo poniéndose en pie de un salto—. No lo haré, no seguiré pensando en mà misma y en mi situación. No analizaré mis sentimientos. SerÃa inútil ahora. Algún dÃa, si llego a vieja, me sentaré junto al fuego y analizaré cómo podÃa haber sido mi vida, mirando las brasas».