Norte y sur
Norte y sur Pero el señor Thornton captó con agudeza algunas palabras del señor Hale al señor Bell.
—Una carta de Henry Lennox. Margaret la considera muy esperanzadora.
El señor Bell asintió. Margaret estaba encarnada como una rosa cuando el señor Thornton la miró. Él sintió un impulso incontenible de levantarse en aquel mismo instante, salir de la estancia y no volver a poner los pies en aquella casa.
—Habéis tardado tanto —dijo el señor Hale— que creíamos que el señor Thornton y tú habíais seguido el consejo de Margaret y estabais intentando convertiros el uno al otro.
—Y pensasteis que no quedaría nada de nosotros más que una opinión, como la cola del gato de Kilkenny. ¿Y puede saberse qué opinión creíais que tendría la vitalidad más obstinada?
El señor Thornton no sabía de qué estaban hablando y no se molestó en preguntarlo. El señor Hale tuvo a bien aclarárselo.
—Señor Thornton, esta mañana acusamos al señor Bell de cierta intolerancia oxoniense medieval con su ciudad natal. Y propusimos, Margaret, creo, que le convendría relacionarse un poco con los fabricantes de Milton.