Norte y sur
Norte y sur —¿Tanto destaca la señorita Hale por la sinceridad? —preguntó el señor Thornton con amargura. Se hubiera mordido la lengua nada más hacerlo. ¿Qué era él? ¿Y por qué tenía que avergonzarla de aquel modo? ¡Qué malvado era esta noche! Se había puesto de mal humor por tener que esperar tanto rato para verla, le había irritado la mención de cierto nombre porque creía que era el de un amante más afortunado, y ahora se mostraba displicente porque había sido incapaz de debatir animosamente con alguien que sólo pretendía pasar una velada agradable con comentarios ligeros y despreocupados, el característico buen amigo de todas las reuniones, cuya actitud debería conocer perfectamente a aquellas alturas el señor Thornton, que le había tratado durante muchos años. ¡Y hablar a Margaret como lo había hecho! No se levantó y salió de la habitación como había hecho tiempo atrás cuando la brusquedad o el genio de él la irritaban. Siguió sentada en silencio, tras la primera mirada de dolida sorpresa como la de un niño ante un rechazo inesperado; pasó luego a una expresión de profunda tristeza, cargada de reproche; bajó después los ojos, se inclinó sobre la labor y no volvió a hablar. Pero él no pudo evitar mirarla y vio el leve temblor de su cuerpo, como si lo estremeciera un frío inusitado. Se sintió como se habría sentido la madre que se hubiera marchado dejando de «acunar y reñir» antes de que su leve sonrisa de plena confianza en el amor materno demostrara la renovación de su cariño[68]. Daba respuestas escuetas; estaba molesto y enojado, incapaz de discernir la broma de la seriedad; deseoso únicamente de una mirada, una palabra de ella ante la que postrarse con humildad penitente. Pero ella no alzó la vista ni habló. Sus dedos finos volaban sobre la labor con tanta regularidad y rapidez como si le fuera la vida en ello. No podía sentir afecto por él, se dijo, pues, de lo contrario, el apasionado fervor de su anhelo la hubiese obligado a alzar la vista, aunque fuese un instante, para leer el tardío arrepentimiento en la suya. Podría haberla golpeado antes de marcharse sólo para tener el privilegio de expresarle el remordimiento que roía su corazón mediante un insólito acto de grosería. Estuvo bien que cerrara la velada aquel largo paseo al aire libre. Le permitió calmarse y recuperar la firme resolución de verla lo menos posible a partir de entonces, ya que el simple hecho de ver su cara y su figura, de oír los sonidos de aquella voz (cual ráfagas de pura melodía) poseían semejante poder para desequilibrarle. ¡Muy bien! Había conocido lo que era el amor: ¡una herida profunda, una experiencia ardiente entre cuyas llamas se debatía! Pero lucharía para salir de aquel horno a la serenidad de la madurez, tanto más generoso y más humano por haber conocido esta gran pasión.