Norte y sur

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Cuando él salió de la estancia de forma un tanto brusca, Margaret se levantó de su asiento y empezó a recoger la labor en silencio. Las costuras largas eran gruesas e insólitamente pesadas para sus brazos lánguidos. Las curvas de su rostro se alargaron y tensaron y su aspecto era el de alguien que había pasado un día de extrema fatiga. Cuando los tres se disponían a retirarse, el señor Bell susurró una escueta crítica al señor Thornton.

—En mi vida he visto a un individuo tan estropeado por el éxito. No aguanta una palabra, ningún género de broma. Parece que todo ofenda su elevada dignidad. Antes era tan sencillo y tan noble como la luz del día; no podías ofenderle porque no tenía vanidad.

—No es vanidoso —dijo Margaret, apartándose de la mesa y hablando con serena claridad—. Esta noche no era él mismo. Tiene que haber pasado algo que le disgustara antes de venir.

El señor Bell le lanzó una de sus miradas penetrantes por encima de las gafas. Margaret la aguantó tranquilamente. Pero cuando ella salió de la habitación, él preguntó de pronto:

—Hale, ¿se te ha ocurrido alguna vez que tu hija y Thornton sientan el uno por el otro lo que los franceses llaman tendresse?


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