Norte y sur
Norte y sur Pero la idea de un cambio arraigó y germinó en el corazón de Margaret, aunque no de la forma en que la había expuesto su padre al principio. Empezó a pensar en lo agradable que sería algo así para su padre, cuyo ánimo siempre débil le fallaba ahora con demasiada frecuencia, y cuya salud, aunque él nunca se quejaba, se había visto muy afectada por la enfermedad y la muerte de su esposa. Seguía atendiendo regularmente a sus alumnos, pero aquel dar sin recibir ya no podía llamarse compañía como cuando el señor Thornton acudía a estudiar con él. Margaret era consciente de la carencia que padecía, sin darse cuenta: la falta de una relación con otros hombres. En Helstone siempre existía la posibilidad de intercambiar visitas con los clérigos del entorno; y los pobres campesinos que labraban los campos o volvían sin prisas a casa al atardecer, o atendían al ganado en el bosque, siempre estaban libres para hablar o escuchar. Pero en Milton todos estaban demasiado ocupados para conversar con sosiego y para cualquier intercambio serio de ideas. Ellos hablaban del comercio, que era algo muy presente y muy real. Y cuando cesaba la tensión mental relacionada con sus asuntos cotidianos, se sumían en el reposo baldío hasta la mañana siguiente. No podía hallarse al obrero tras la jornada laboral; se había ido a alguna conferencia o a algún club, o a alguna cervecería, según su personalidad. El señor Hale pensó en la posibilidad de dar un ciclo de conferencias en alguna de las instituciones municipales, pero se lo planteaba como una obligación y con tan escaso impulso de amor a su trabajo y al fin del mismo, que Margaret estaba convencida de que no lo haría bien hasta que pudiera considerarlo con un poco de celo.