Norte y sur
Norte y sur Siguió muy satisfecho de sí mismo hasta que se vio en la calle caminando junto al señor Lennox. Recordó de pronto la expresión suplicante de Margaret cuando le instó a que se quedara un poco más, y recordó también algunas insinuaciones que le había hecho sobre la admiración del señor Lennox por Margaret un conocido del mismo. Eso cambió el rumbo de sus pensamientos.
—Tengo entendido que conoce usted a la señorita Hale hace tiempo. ¿Cómo la encuentra? A mí me parece pálida y enferma.
—Yo creo que tiene un aspecto estupendo. Tal vez no fuese ésa mi primera impresión cuando llegué, ahora que lo pienso. Pero en cuanto se animó, yo desde luego la he visto tan bien como siempre.
—Han sido muchas las cosas por las que ha tenido que pasar —dijo el señor Bell.
—Sí. Lo lamenté muchísimo cuando me enteré de todo lo que ha tenido que soportar; no sólo la pena común y general de la muerte, sino todo el disgusto que tuvo que causarle la conducta de su padre, y luego…
—¡La conducta de su padre! —exclamó el señor Bell, sorprendido—. Es evidente que le han informado mal. Actuó con la máxima escrupulosidad. Demostró más entereza de la que yo le hubiera creído capaz.