Norte y sur

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—Tal vez me hayan informado mal. Pero su sucesor en el beneficio, que es un hombre inteligente y sensato y un clérigo riguroso y diligente, me ha dicho que no había ningún motivo para que el señor Hale hiciera lo que hizo, renunciar al beneficio y ponerse él y poner a su familia en las inclementes manos de la enseñanza particular en una ciudad fabril; el obispo le había ofrecido otro beneficio, es cierto; pero si abrigaba algunas dudas podía haberse quedado donde estaba y así no habría tenido motivo para renunciar. Pero la verdad es que estos clérigos rurales llevan una vida tan solitaria, quiero decir aislados de toda relación con hombres de su mismo nivel, con cuyas opiniones podrían regular las propias y descubrir si van demasiado deprisa o demasiado despacio, que son muy propensos a preocuparse con dudas imaginarias en cuanto a los artículos de fe y renunciar a las oportunidades de hacer el bien por fantasías propias poco claras.

—No estoy de acuerdo con usted. No creo que sean muy propensos a hacer lo que hizo mi pobre amigo Hale —dijo el señor Bell. En el fondo se sentía muy disgustado.

—Tal vez haya empleado una expresión demasiado general al decir «muy propensos». Pero sin duda llevan una vida que suele producir engreimiento desordenado o un estado de conciencia morboso —repuso el señor Lennox con absoluta frialdad.


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