Norte y sur

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—¿No encuentra ningún engreimiento entre los abogados, por ejemplo? —le preguntó el señor Bell—. Y supongo que rara vez algún caso de conciencia morbosa.

Estaba cada vez más irritado y más alejado de su dominio de los buenos modales recién adquirido. El señor Lennox se dio cuenta al fin de que había molestado a su compañero; y como en realidad había hablado más que nada por decir algo y pasar así el rato mientras siguieran el mismo camino, le importaba bastante poco ponerse de un lado u otro en el asunto, y cambió tranquilamente de postura, diciendo:

—Por supuesto, es bastante admirable que un hombre de la edad del señor Hale deje el que ha sido su hogar durante veinte años y renuncie a todos los hábitos arraigados por una idea que seguramente era errónea, aunque ésa no es la cuestión, un pensamiento intangible. Uno no puede por menos que admirarlo, con una mezcla de lástima en la misma admiración, algo parecido a lo que siente uno por Don Quijote. ¡Y qué caballero era también! Nunca olvidaré la delicada y sencilla hospitalidad con que me recibió aquel último día en Helstone.

Aplacado sólo a medias y sin embargo deseoso de creer que el comportamiento del señor Hale tuviese un matiz quijotesco, a fin de calmar ciertos escrúpulos de conciencia, el señor Bell gruñó:


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