Norte y sur

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El sueño era tan similar a la vida que, cuando despertó, su vida actual le pareció un sueño. ¿Dónde estaba? ¡En la habitación cargada y amueblada con elegancia de un hotel de Londres! ¿Dónde estaban los que hablaban con él, andaban a su alrededor y le tocaban hacía sólo un instante? ¡Muertos! ¡Enterrados! Perdidos para siempre jamás en la medida en que se extendiera la eternidad de la tierra. Él era un anciano, tan jubiloso entonces en la plenitud de su fuerza viril. Era insoportable pensar en la absoluta soledad de su vida. Se levantó rápidamente y procuró olvidar lo que no podía volver a ser vistiéndose apresurado para el desayuno en Harley Street.

No podía atender a todos los detalles de las explicaciones del abogado que, según advirtió, hacían que los ojos de Margaret se dilataran y que le palidecieran los labios mientras el destino decretaba, o eso parecía, que todas las pruebas que exonerarían a Frederick cayeran a sus pies y desaparecieran. Hasta la voz profesional bien templada del señor Lennox adoptó un tono más suave y más tierno al aproximarse a la extinción de la última esperanza. No era que Margaret no supiese perfectamente el resultado. Era sólo que los detalles de cada sucesiva decepción aplastaron todas las esperanzas con tan implacable minuciosidad que al final casi se echó a llorar. El señor Lennox interrumpió la lectura.


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