Norte y sur
Norte y sur —Oh, señor Bell —dijo ella, y no pudo seguir; pero le agarró la mano vieja y gotosa y la besó.
—Vamos, vamos; basta —dijo él, con ruboroso desconcierto—. Supongo que tu tÃa te confiará a mÃ. Iremos mañana por la mañana y llegaremos hacia las dos, supongo. Tomaremos un tentempié y encargaremos la cena en el hostal, el Lennard Arms, creo, e iremos al bosque para abrir el apetito. ¿Podrás soportarlo, Margaret? Será duro para los dos, lo sé, pero será un placer para mà al menos. Y luego cenaremos, tendrá que ser venado, si conseguimos que nos preparen algo. Y luego yo echaré una cabezada mientras tú vas a ver a tus antiguas amigas. Y te traeré sana y salva, a menos que haya un accidente de tren, y aseguraré tu vida por mil libras antes de salir, lo cual puede ser un consuelo para tus parientes; pero si no hay contratiempo, te devolveré a la señora Shaw el viernes a la hora de comer. Asà que si aceptas, subiré a proponérselo.
—Es inútil que intente decir cuánto me gustará —dijo Margaret entre lágrimas.
—Bueno, entonces demuestra tu gratitud manteniendo cerrados esos dos manantiales tuyos durante los dos próximos dÃas. De lo contrario, me fallarán también a mà los lagrimales y eso no me gusta nada.
—No lloraré —dijo Margaret parpadeando para deshacerse de las lágrimas de las pestañas y esbozando una sonrisa forzada.