Norte y sur
Norte y sur Subió a su habitación. Tomó un tazón de gachas para tranquilizar a su madre. Estaba echada lánguidamente en la cama cuando llegó la señora Hale a hacer algunas preguntas finales y darle un beso antes de retirarse a su habitación. Margaret se levantó presurosa en cuanto oyó que se cerraba la puerta de su madre, se echó la bata por encima y se puso a pasear de un lado a otro hasta que el crujido de una tabla del viejo entarimado le recordó que no debía hacer ruido. Se acurrucó en el asiento de la ventana, pequeña y de hueco profundo. Cuando había mirado afuera aquella mañana, le había saltado de alegría el corazón al ver sobre la torre de la iglesia las luces claras e intensas que presagiaban un día espléndido y soleado. Esa noche (habían pasado como máximo dieciséis horas) se sentó, demasiado triste para llorar, pero con una pena sorda y fría que parecía haber exprimido para siempre la juventud y el contento de su ser. La visita del señor Henry Lennox —su proposición— era como un sueño, algo al margen de su vida real. La cruda realidad era que su padre se había permitido dudas tentadoras hasta llegar a ser cismático, un paria. Todos los cambios consiguientes se agrupaban en torno a aquel único hecho importante y lamentable.