Norte y sur

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»No he escatimado gastos en su ajuar —fueron las palabras que oyó Margaret a continuación—. Tiene todos los chales y pañuelos indios preciosos que me regaló el general y que yo no volveré a usar.

—Es muy afortunada —repuso otra voz, que Margaret reconoció. Era la señora Gibson, una dama que se interesaba mucho más en la conversación porque una de sus hijas se había casado hacía pocas semanas—. Helen tenía toda su ilusión puesta en un chal indio, pero la verdad es que cuando averigüé el precio exagerado que pedían por él, me vi obligada a negárselo. Se morirá de envidia cuando sepa que Edith tiene chales indios. ¿De qué clase son? ¿De Delhi, con esas preciosas orlas?

Margaret oyó de nuevo a su tía, pero esta vez, como si se hubiera incorporado de su posición medio recostada y mirara hacia el gabinete, donde la luz era más tenue.

—¡Edith! ¡Edith! —gritó; y se recostó como si estuviera agotada por el esfuerzo.

Acudió Margaret.

—Edith se ha dormido, tía Shaw. ¿Puedo hacer yo algo?


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