Norte y sur
Norte y sur El señor Hale y Margaret se arrodillaron junto al asiento de la ventana: él, mirando hacia arriba; ella, con la cabeza inclinada, avergonzada y humilde. Dios estaba cerca de ellos y escuchaba las palabras que susurraba su padre. Tal vez su padre fuera un hereje, pero ¿acaso no se había mostrado ella mucho más escéptica hacía cinco minutos en las dudas de la desesperación? No pronunció una palabra, pero en cuanto su padre se marchó, se acostó sigilosamente como una niña avergonzada de su culpa. Si el mundo estaba lleno de problemas complejos, confiaría y sólo pediría ver el único paso que tenía que dar en cada momento. Aquella noche rondaron sus sueños el señor Lennox, su visita y su proposición, cuyo recuerdo se había visto desplazado bruscamente por los acontecimientos del día: él trepaba a un árbol de fabulosa altura para alcanzar una rama de la que colgaba el sombrero de ella; y se caía, y ella intentaba salvarlo, pero una mano fuerte e invisible la sujetaba y se lo impedía. Él moría. Y sin embargo, la escena cambiaba y ella estaba de nuevo en la sala de Harley Street hablando con él como tantas veces, pero sabía todo el tiempo que le había visto matarse por aquella terrible caída.