Norte y sur
Norte y sur Pero a Margaret casi le gustaba mas en estas manifestaciones de genio que cuando se portaba como un angelito. Se lo llevaba entonces a una habitación donde luchaban ambos hasta el final. Ella con una firmeza que lo apaciguaba, mientras empleaba de la forma apropiada todo el encanto y toda la astucia que poseía hasta que él frotaba la cara lacrimosa y ardiente con la de ella, con besos y caricias hasta que se quedaba dormido en sus brazos o sobre su hombro. Esos eran los momentos mas dulces de Margaret. Le daban un indicio del sentimiento que creía que se le negaría siempre.
El señor Henry Lennox añadió un elemento nuevo y nada desagradable al curso de la vida familiar con su frecuente presencia. A Margaret le parecía más frío aunque más brillante que antes; pero había gustos intelectuales firmes y abundante y variado conocimiento que daban sabor a la conversación, por lo demás bastante insípida. Margaret advirtió en él atisbos de un ligero desdén por su hermano, su cuñada y su modo de vida, que parecía considerar frívolo y sin sentido. Margaret le oyó emplear un tono bastante áspero con su hermano un par de veces, preguntándole si pensaba renunciar totalmente a su carrera; y ante la respuesta del capitán Lennox de que tenía de sobra para subsistir, había visto el rictus del señor Lennox al decir: «¿Y es eso todo lo que esperas de la vida para lo que vives?».