Norte y sur

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Pero los hermanos estaban muy unidos, como suelen estarlo dos personas cuando una es mas inteligente y guía siempre a la otra y esta última se siente contenta dejándose guiar. El señor Lennox progresaba en su profesión; cultivaba con minuciosa previsión todos los contactos que pudieran serle útiles a la larga. Era agudo, perspicaz, inteligente, sarcástico y orgulloso. Desde la última conversación larga sobre los asuntos de Frederick que había mantenido con él la primera tarde en presencia del señor Bell, no habían tenido mucho trato, aparte del propio de las estrechas relaciones de ambos con la misma familia. Pero eso bastó para disipar la cautela de ella y todos los síntomas de vanidad y orgullo herido de él. Se veían continuamente, por supuesto, aunque Margaret creía que él procuraba evitar quedarse a solas con ella. Suponía que percibía igual que ella que se habían alejado extrañamente de su antiguo fondeadero en el que compartieran muchas opiniones y todos los gustos.

Y sin embargo, cuando él hablaba excepcionalmente bien o con extraordinaria fuerza epigramática, ella creía que buscaba la expresión de su semblante antes que nada, aunque sólo un instante; y que, en la relación familiar que los reunía continuamente, la opinión de ella era la única que escuchaba con deferencia: la más completa, porque la daba de mala gana y la ocultaba todo lo posible.


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