Norte y sur
Norte y sur Mientras tanto, en Milton las chimeneas echaban humo, el estruendo incesante y el ajetreo vertiginoso seguían y se aceleraban continuamente. Madera, hierro y vapor carecían de sensibilidad y de objetivos en su empeño incesante, pero la persistencia de su trabajo monótono competía en resistencia infatigable con la vigorosa multitud que, con sentido y propósito trabajaba sin tregua en busca… ¿de qué? En las calles había pocos ociosos, nadie que caminara por el mero placer de hacerlo. Hasta los rostros de los hombres mostraban los rastros del afán y la ansiedad. Todos buscaban noticias con avidez enardecida, y los hombres se empujaban unos a otros en el Mercado y en la Bolsa con el hondo egoísmo de la competencia, igual que en la vida. El pesimismo imperaba en la ciudad. Acudían pocos compradores, y los vendedores miraban con recelo a los que lo hacían, pues el crédito era incierto y los más estables podían ver afectadas sus fortunas por el acaparamiento en el gran puerto vecino entre las compañías navieras. No se habían producido quiebras en Milton, de momento. Pero, por las inmensas especulaciones que habían salido a la luz al acabar mal en América e incluso más cerca de casa, se sabía que algunas empresas de Milton se verían tan afectadas que los hombres preguntaban a diario con el gesto si es que no con palabras: «¿Hay noticias? ¿Quién ha quebrado? ¿Cómo me afectará a mí?». Y cuando se reunían dos o tres, hacían hincapié en los nombres de quienes estaban a salvo, sin atreverse a insinuar los que probablemente estuviesen al borde de la quiebra, en su opinión; pues, en tales circunstancias, el rumor ocioso podía causar la caída de alguien que de otro modo podría capear el temporal, y el que cae arrastra a muchos consigo. «Thornton está a salvo —decían—. Su empresa es grande, más cada año; ¡pero con una cabeza como la que tiene, y tan prudente pese a toda su audacia…!». Entonces un hombre hace un aparte con otro y le dice al oído: «La empresa de Thornton es grande, pero ha invertido sus beneficios en ampliarla. No tiene capital ahorrado, ha renovado la maquinaria en los dos últimos años y le ha costado… ¡no diremos qué! ¡A buen entendedor pocas palabras…!». Pero aquel señor Harrison era un pájaro de mal agüero, un individuo que había heredado la fortuna que había hecho su padre con el comercio, que había tenido miedo de perder cambiando su modo de negociar por cualquier otro de mayor alcance, pero que envidiaba cada penique que hacían otros más osados y perspicaces.