Norte y sur

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No obstante, lo cierto era que el señor Thornton estaba en apuros. Lo sentía sobremanera en su punto vulnerable: su orgullo por el prestigio que había conseguido. Artífice de su propia fortuna, no lo atribuía a méritos o cualidades propias, sino al poder que creía que daba el comercio al hombre valiente, honrado y perseverante de elevarse al nivel desde el que podía ver e interpretar el gran juego del éxito material, y honradamente, mediante tal conocimiento, disponer de más poder e influencia que en ningún otro modo de vida. Lejos de allí, en el este y el oeste, donde no le conocerán nunca personalmente, su nombre sería respetado, sus deseos serian cumplidos y su palabra tendría el valor del oro. Ésa era la idea de la vida mercantil con que había empezado el señor Thornton. «Sus mercaderes eran príncipes[90]», decía su madre, leyendo en voz alta, como si fuera un toque de trompeta para invitar a su hijo a la lucha. Él estaba como tantos otros (hombres, mujeres y niños) atento sólo a lo lejano y ajeno a lo próximo. Buscaba la influencia de un nombre en países extranjeros y mares lejanos, ser la cabeza de una empresa que se conociera durante generaciones. Y le había llevado largos años silenciosos llegar incluso a un atisbo de lo que podría ser ahora, hoy, aquí, en su propia ciudad, en su propia fábrica, entre los suyos. Ellos y él habían llevado vidas paralelas, muy próximas, pero sin tocarse nunca, hasta el accidente (o eso parecía) de su relación con Higgins. Una vez cara a cara, de hombre a hombre, con un individuo de las masas que le rodeaban y (muy importante) al margen de la condición de patrono y trabajador en primer lugar, habían empezado a reconocer que «todos tenemos un corazón humano[91]». Fue el primer paso. Y hasta ahora, en que el temor a perder la relación con algunos obreros a quienes había empezado a conocer como hombres hacía tan poco tiempo, a tener que dejar algunos planes que eran experimentos muy caros a su corazón sin haberlos puesto a prueba, dio nueva intensidad al miedo sutil que le invadía de vez en cuando. Hasta entonces, no había reconocido nunca la hondura y las dimensiones del interés que había empezado a sentir últimamente por su posición como fabricante, sencillamente porque le permitía tan estrecho contacto, y le daba la oportunidad de tanto poder, con un grupo de gente extraña, perspicaz e ignorante, pero ante todo, llena de carácter y fuerte sensibilidad humana.


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