Ruth
Ruth —Gracias, gracias. ¿Está el fuego encendido en la habitación? Si no es asÃ, debe encenderse. Vamos Ruthie, vamos.
El señor Bellingham abrió camino, conduciendo a Ruth a la amplia estancia con ventanal que aquella tarde tenÃa un lóbrego aspecto, pero que yo he visto resplandeciente y alegre, llena de juventud y esperanza. Recuerdo que los rayos del sol descendÃan entonces por la pendiente violácea de la montaña y después de acercarse furtivamente a los prados suaves y verdes, llegaban al pequeño jardÃn —colmado de rosas y lavanda— que se encontraba justo debajo de la ventana. Todo esto lo he visto yo… pero no lo volveré a ver nunca más.
—No sabÃa que habÃa estado aquà antes —dijo Ruth mientras el señor Bellingham la ayudaba a despojarse de la capa.
—Oh, sÃ; vine hace tres años para una reunión de literatura. Nos quedamos aquà más de dos meses, atraÃdos por la gentileza y las rarezas de Jenny; pero al final tuvimos que marcharnos porque el polvo era insoportable. Por una semana o dos, no le haremos caso.
—Pero ¿pueden alojarnos, señor? Me ha parecido escuchar que la posada estaba al completo.