Ruth
Ruth —En efecto, señor. Ah, no le habÃa reconocido; el señor Bellingham, si no me equivoco. En efecto, señor, Pen trê Voelas no dista más de dieciocho millas —nosotros hacemos pagar sólo por dieciocho—; no puede distar mucho más de diecisiete millas. Aquà estamos completos, de verdad, es un pecado.
—Está bien, pero Jenny, puede hacerme el favor a mÃ, a un viejo amigo, de realojar a algunos clientes en otro lugar… en aquella casa del otro lado del camino, por ejemplo.
—Cierto señor, está disponible; imagino que a usted no le disgustará alojarse allÃ. PodrÃa acondicionar las mejores habitaciones y mandarle unos muebles, si los que hay no son de su agrado.
—¡No, Jenny! Yo me quedo aquÃ. No me convencerá de instalarme en aquellas habitaciones; conozco su fama desde hace ya tiempo. ¿No podrá persuadir a algún cliente que no sea un viejo amigo, para trasladarse? Si lo prefiere, puede decir que yo habÃa escrito con anterioridad para reservar la estancia. ¡Oh! Sé que puede hacerlo, conozco su modo afable de proceder.
—De acuerdo señor… está bien, veré si es posible acomodarle a usted y a la señora en la salita posterior… en este momento no la ocupa nadie: la señora permanece en cama por un resfriado y el señor está participando en un torneo de whist, al número tres.[23] Veré qué puedo hacer.