Ruth

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Eran sólo las cuatro, pero muchos clientes de la taberna pensaban que eran las seis o las siete, tan larga se les había hecho la mañana —y tantas las horas transcurridas desde el almuerzo—, cuando una carroza galesa tirada por dos caballos llegó con paso veloz hasta la misma puerta de la posada, causando un gran alboroto. Con semejante ruido, todas las ventanas del tabernáculo se llenaron de caras; se abrieron las cortinas de piel, por la alegría de sus curiosos ojos; de la carroza saltó un caballero que ayudó delicadamente a una dama, no obstante la propietaria les había asegurado que no disponía de habitaciones libres.

El caballero (se trataba del señor Bellingham) hizo caso omiso de las palabras de la dueña, controló con calma que las maletas fueran descargadas de la carroza y pagó al cochero; después dirigiéndose a la luz, habló a la casera, con una voz que había subido de tono en los últimos cinco minutos:

—Vamos Jenny, no pretenderá dejar fuera a un viejo amigo en una noche como ésta. Si no recuerdo mal, Pen trê Voelas se halla a veinte millas por la carretera de montaña más desolada que se haya visto jamás.



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