Ruth
Ruth —Ruth, querida —susurró una muchacha que se habÃa hecho notar, sin pretenderlo, por un fuerte ataque de tos—, ven a comer algo. No te haces idea de cuánto ayuda a superar la noche.
—Una carrera, una ráfaga de aire fresco me harÃa mejor —dijo Ruth.
—No en una noche como ésta —replicó la otra, temblando sólo de pensarlo.
—Y ¿por qué no en una noche como ésta, Jenny? —respondió Ruth—. ¡Oh! ¡Cuántas veces en casa salÃa a la carrera por el sendero que lleva al molino, sólo para ver los carámbanos colgar de la enorme rueda! Y una vez fuera, era difÃcil encontrar una razón para volver, ni siquiera para estar con mi madre, que yacÃa sentada al lado del fuego. Ni siquiera para estar con mi madre —repitió con tono bajo y melancólico del que se desprendÃa una tristeza indescriptible.
—¡Bah, Jenny! —dijo sobreponiéndose, pero no antes de que sus ojos nadasen en lágrimas— admÃtelo, esas viejas casas lúgubres, odiosas y ruinosas, no han estado nunca… ¿cómo expresarlo?… tan bellas como lo están ahora, recubiertas de esa suave capa pura y delicada; y si no están embellecidas hasta ese punto, piensa cómo deben estar los árboles, la hierba y la hiedra en una noche como ésta.