Ruth
Ruth —Oh, hay nenúfares —dijo Ruth dirigiendo su mirada a la orilla más lejana—. Me acercaré a recoger alguno.
—No, lo haré yo por usted. El terreno aquà es esponjoso. Siéntese y no se mueva, Ruth; esta pila de hierba será un asiento excelente.
El señor Bellingham dio la vuelta a la laguna y ella esperó tranquilamente su regreso. Cuando volvió le quitó el sombrero y sin decir ni una palabra, comenzó a introducir las flores entre sus cabellos. Ruth permaneció inmóvil mientras él preparaba su corona: se limitó a mirar su rostro con ojos enamorados y serena conducta. SabÃa que aquel comportamiento le complacÃa y que en ese momento sentÃa la felicidad de un niño que se divierte con un juguete nuevo, asà que no pensó mucho en aquello que estaba haciendo. Era agradable olvidarse de todo, excepto de su placer. Cuando terminó de adornarla, dijo:
—¡Hecho, Ruth! Ahora está usted perfecta. Venga a mirase en el lago. Aquà donde no hay hierbas. Venga.