Ruth
Ruth Ella obedeció y no pudo evitar encontrarse graciosa. Por un instante probó un sentimiento de satisfacción, como habría hecho a la vista de cualquier otro bello objeto; pero no había pensado jamás en ella misma en estos términos. Sabía que era hermosa, pero esta conciencia le parecía abstracta y lejana de sí. Toda su existencia se centraba en sentir, pensar y amar.
Abajo, en aquel valle verde estaban en completa armonía. La única cosa que interesaba al señor Bellingham era la extrema belleza de Ruth. Estaba orgulloso y no veía en ella nada más. Ruth llevaba un vestido blanco que contrastaba con los árboles del entorno; el rubor en su semblante era de un color brillante que parecía una rosa de junio; las grandes flores, de un blanco intenso, caían a ambos lados de su espléndida cabellera y si bien es verdad que sus cabellos castaños estaban un poco despeinados, aquel mismo desorden no hacía más que aumentar su gracia. Su aspecto tan amable, parecía complacerle más que todos los tiernos esfuerzos que ella había hecho por adecuarse a su mutable humor.
Una vez que abandonaron el bosque, Ruth se quitó las llores y se puso de nuevo la toca; apenas llegaron a las inmediaciones de la posada, el simple pensamiento de proporcionarle placer, no fue suficiente para asegurar a Ruth la serenidad. Ella se volvió pensativa y triste y no logró recuperar su felicidad.