Ruth
Ruth —De verdad, Ruth —dijo él aquella tarde—, no debe usted alentar esta costumbre que tiene de caer sin motivo alguno en divagaciones melancólicas. Ha suspirado veinte veces en la última media hora. Alégrese un poco. Recuerde, es usted mi única compañÃa en este lugar apartado del mundo.
—Lo siento mucho, señor —dijo Ruth con los ojos llenos de lágrimas; después pensó que debÃa ser muy aburrido para él estar a solas con ella, pues habÃa estado deprimida todo el dÃa. Entonces, dijo con tono dulce y de arrepentimiento:
—¿QuerrÃa ser tan amable de enseñarme uno de esos juegos de cartas de los que ha estado hablando ayer, señor? Haré todo lo que esté en mi mano por aprender.
Su voz dulce y frágil, hizo mella en su corazón. Pidieron las cartas y pronto se olvidó de que en el mundo existÃan la depresión o la tristeza, abstraÃdo como estaba con el placer de enseñar a tan bella zoqueta, los misterios del juego.
—¡Basta! —dijo al final—. Es suficiente como primera lección. ¿Sabe usted, patosa mÃa, que sus errores me han hecho reÃr, hasta el punto de que estoy sufriendo la mayor jaqueca de los últimos años?
Se tiró en el sofá y ella se sentó a su lado al instante.