Ruth
Ruth —Deje que le ponga mi mano fresca sobre su frente —le rogó—. A mamá le hacÃa tanto bien.
Él yacÃa acostado en silencio, tratando de evitar la luz. Poco después se durmió. Ruth apagó las velas y permaneció pacientemente sentada junto a él por largo tiempo, esperando que se despertara reposado. El aire nocturno enfrió la habitación, pero Ruth no osó despertarlo de lo que parecÃa ser un sueño reparador. Lo cubrió con un chal que habÃa dejado sobre una silla a su regreso de la caminata vespertina. Tuvo mucho tiempo para reflexionar, pero trató de desdeñar esos pensamientos. Finalmente, la respiración de él se volvió veloz y pesada; tras haberlo escuchado durante algunos minutos con creciente preocupación, Ruth decidió despertarlo. Estaba entumecido y tembloroso, por lo que se aterrorizó aún más. Todos los sirvientes dormÃan excepto una joven camarera que se cansaba enormemente de hablar el poco inglés que habÃa aprendido y por tal motivo únicamente respondÃa con un «sÃ, claro, señora», a cualquier pregunta que Ruth le hacÃa.