Ruth

Ruth

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Después de haber dicho estas palabras, la señora Morgan dejó a Ruth sola. No se podía hacer nada porque el señor Bellingham se hundió de nuevo en un profundo sueño. Comenzaron a sentirse los ruidos del día a día: las campanas sonaban, los camareros del desayuno iban y venían por los pasillos armando gran alboroto; Ruth se quedó temblando en la habitación a oscuras, sentada en el cabecero del señor Bellingham. La señora Morgan hizo que una criada le llevara el desayuno, pero Ruth, abrumada por el dolor, le hizo una señal para que se fuera, y la muchacha no tenía autoridad para obligarla a comer. Éste fue el único acontecimiento que rompió la monotonía en aquella larga mañana. Ruth escuchó la algarabía de las alegres comitivas que partían de excursión, a caballo o en carroza, y por una vez, dolorida y exhausta, se acercó a la ventana, corriendo la cortina para mirar al exterior, pero aquella espléndida jornada le parecía disonante respecto a su corazón abatido y angustiado. La oscuridad de la lóbrega estancia era ciertamente más apropiada.







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